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La Música Popular Cubana "Hoy Como Ayer, Yo te Sigo Queriendo, mi Bien...." La Música Cubana: Ritmos, Historia y Vigencia Redacción de CONTACTO Hoy día los jóvenes contorsionan sus cuerpos al ritmo fogozo de la salsa y hacen de ella un rito sin igual de expresión musical. Pocos se preguntan cómo nacieron y de dónde proceden esos ritmos. La realidad es que la través de los años, Cuba ha producido una gama de sonoridades, que en su ir y venir han conformado gran parte de los ritmos tropicales de la actualidad. Las primeras noticias del nacimiento de la música cubana se remontan al año 1544, fecha en que el mestizo Miguel Velázquez, hijo de india y español, daba clases de gramática y era responsable de las actividades musicales de la catedral de Santiago de Cuba. Hacia 1562 surgió en Cuba el primer conjunto de instrumentos del que se tiene conocimiento, y éste fue entonces suficientemente representativo de lo que sería la mezcla de culturas de la música posterior. El malagueño Pedro Almanza tocaba el violín, el portugués Jacomo Viseira estaba a cargo del clarinete, el sevillano Pascual de Ochoa ejecutaba el violón, mientras que Teodora y Micaela Ginés, dos negras dominicanas que habían obtenido su libertad, tocaban la vihuela y la bandola, respectivamente. El grupo, que seguramente amenizaba fiestas populares, hacía sus presentaciones en La Habana. Los Primeros Cimientos En términos de sociedad, obviamente, las clases pudientes asentadas en la "siempre fiel isla de Cuba" echaron mano, para sus fiestas, a la música tradicional europea con bailes de minuet, la gavota, el rigodón y la contradanza, entre otros. Sin embargo, Natalio Galán Sariol, en su Visión Musical de Nuestra Historia, ensayo aparecido en el tomo cinco de la Enciclopedia de Cuba, señala: "Cuando se escribe Espejo de Paciencia (1608), una música no escrita le acompaña en sus elogios a las frutas. Algo se apuntaba, indefinible, en aquel vocabulario indígena que vestía o desvestía a las ninfas tropicales. La dualidad afrohispana cubriría las necesidades fundamentales de la subsistencia musical, no se era español todo entero, ni negro por africano -que la población blanca ya era nativa-, ambos músicos, ya criollos, estaban patentes en el acento del güiro, las claves o la vihuela, que había transformado en la isla su decir renacentista en una síncopa barroca". Mientras tanto, en las plantaciones de azúcar, los esclavos negros que habían sido trasladados a Cuba a principios del siglo XVI se recreaban con sus propios ritmos producidos con tambores, cuyos principios de percusión habían nacido en lejanas regiones de Africa. Los hacendados, temerosos de que los toques de tambor significaran códigos secretos de rebelión, prohibieron el uso de aquellos instrumentos. Pero los esclavos, apegados a sus tradiciones, no abandonaron sus ritmos y conseguían sonoridades similares tocando sobre cajones de madera. Así nacieron las llamadas rumbas, que se extendieron por las áreas urbanas a partir de 1886, con la abolición de la esclavitud. Por otra parte, los cafetaleros europeos que fueron expulsados de Haití tras la revolución ocurrida en aquel país, llevaron a Cuba la danza, un baile de salón que más tarde sería rebautizado, al nacionalizarse, con el nombre de danzón. El danzón, de sublime melodía, es ya algo netamente cubano que cubre gran parte de la historia musical moderna de Cuba. Sin embargo, Frank Llopis, músico cubano de amplia trayectoria ya retirado, recuerda que el danzón que presentaba la Orquesta de Antonio María Romeu "era el danzón puro, instrumental, para bailar". "Posteriormente, algunos músicos introdujeron letra, y esto, más que danzón, se conoció como danzonete", agrega Llopis. Durante todo el siglo XIX, la música se desarrolla extraordinariamente. En 1812 se publica el primer periódico musical, dirigido por Esteban Rolaños, que tenía por nombre El Filarmónico Mensual. Más adelante, en 1829, La Moda, y en 1836 El Apolo Habanero, otros dos periódicos, publican partituras musicales con notable frecuencia. Diferentes publicaciones siguieron esta costumbre a lo largo del siglo. Uno de los acontecimientos musicales más destellantes del siglo pasado ocurrió en el Teatro Tacón de La Habana, en febrero de 1860. Allí se interpretó La Sinfonía de los Trópicos, con 40 pianos y tambores africanos percutados por negros de los cabildos de Santiago. Participaron 600 músicos. Durante los primeros años de la república toma un auge sin igual el son, un estilo afrocubano que utiliza el tres, el bajo y la percusión, y penetra inclusive la música norteamericana en las décadas de los años 20 y 30. Se desatan, con la república, otros grandes ritmos: las guarachas, el bolero, el tango congo, los pregones, la conga o rumba que deviene más tarde guaguancó. Ante este enjambre musical, no tardan en nacer el mambo y el cha cha chá, que se despliegan como pólvora por todo el mundo. El Jazz Latino (Jazz Afrocubano) Sería injusto omitir el hecho de que el "jazz afrocubano", fomentado en sus raíces por grandes instrumentistas de la isla, es el que se conoce hoy día por el nombre de "jazz latino ". Así lo reconoció el escritor Max Salazar, de la revista Latin Beat, cuando anunció que esa disciplina había nacido oficialmente como industria el 26 de abril de 1994, de la mano de los promotores Ralph Mercado y Jack Hooke. Salazar asegura que el "jazz latino" nace como tal en 1943 cuando el trompetista y director musical de la orquesta del popular Machito, Mario Bauzá, crea el "jazz afrocubano" al componer el número Tanga. Tres años después, el gran Dizzy Gillespie, que había visto nacer el nuevo ritmo, es invitado por Machito a hacer un solo en el Manhattan Center y Diz utiliza las sonoridades que había escuchado de Bauzá. Este último creyó que su ritmo tendría una buena aceptación en los clubes de jazz, y meses después hace que Diz y el conguero cubano Chano Pozo se conozcan, y se produce la grabación de Manteca, un número histórico. A partir de ese momento, el "jazz afrocubano" entró a la galaxia del "jazz mundial" por la puerta grande. El 24 de enero de 1948, el "jazz afrocubano" es presentado formalmente por la Orquesta de Machito en el Town Hall de la ciudad de Nueva York. Grandes Nombres, Grandes Aportes Tremendamente importante es la contribución que hace el campesino a los ritmos nacionales, no sólo con las controversias de poetas, sino también con composiciones elaboradas, de las cuales quizás La Guantanamera es el mejor ejemplo. La Guantanamera es considerada casi como el segundo himno nacional de Cuba. Surgen instituciones inolvidables, como el trío Matamoros, que inmortaliza el son oriental con el uso formidable de guitarras, tres, bongó y maracas. Nombres diversos inician su paso por las páginas de la historia. Uno tras otro, con abundancia sin precedente, aparecen Ernesto Lecuona, Alejandro García Caturla, Félix B. Caignet, Gonzalo Roig, Rodrigo Pratts, Amadeo Roldán, Osvaldo Farrés, Emilio Grenet, Moisés Simons, Sindo Garay, Benny Moré, Cachao, Dámaso Pérez Prado, Ignacio Villa (Bola de Nieve) y tantos otros hasta llegar a nuestros días con intérpretes como Celia Cruz y Olga Guillot, que han perdurado pese al paso de los años, y más jóvenes como Willy Chirino, Albita, Jon Secada y Gloria Estefan. E instrumentistas de fama mundial como el saxofonista y flautista Paquito D'Rivera, el trompetista Arturo Sandoval y el trombonista Juan Pablo Torres, o el legendario percusionista Mongo Santamaría. De todos los componentes mestizos que ha producido la nacionalidad cubana, la música es sin dudas el más universal, y de ella se han servido ritmos modernos que inundan las discotecas del mundo con poca conciencia de que hay en sus compases un ingrediente de salón y elementos nacidos en la oscura nostalgia de un barracón de esclavos. Quizás por ello, alguna vez dijo José Martí que "la música es el alma de los pueblos". (Para la elaboración de este artículo se utilizaron datos publicados en el tomo 5 de la Enciclopedia de Cuba; en números de 1994 a 1996 de la revista Latin Beat; en el tomo 1 del libro Imagen y Trayectoria del Cubano en la Historia, del Dr. Octavio R. Costa).
Revista CONTACTO, una publicacion mensual sobre temas
cubanos editada en Burbank, California, desde julio de 1994
Tras sus inicios a mediados del siglo dieciocho, y su formalización y desarrollo durante el diecinueve, la música cubana literalmente explota con gran fuerza en la escena internacional durante la década que va de 1920 a 1930. Como en el caso de la música de otros países, la música cubana exhibe claramente dos caras de una misma moneda: una formada por elementos folklóricos y formas de expresión populares (que se transforman luego en comerciales), y otra, más abstracta y compleja, dentro de la cual algunos compositores cubanos han recorrido la difícil ruta de la música de arte. Esta última forma o manera de comunicación, llamada también música clásica, música erudita, música culta, música seria, o música de concierto, es la menos reconocida en el mercado internacional, y por su falta de exposición y por su innata complejidad ha sido casi totalmente ignorada por los propios cubanos, del escritor al obrero, del político al industrial, de las clases pudientes a las pobres, de historiadores a ávidos amantes de la música popular. Como usualmente ocurre con los países que poseen un rico y variado folklore -los cuales consecuentemente son voraces productores de canciones populares y de música bailable- la música popular cubana, de muchas maneras y por caminos distintos, ha opacado en gran medida a la música cubana de arte. Las primeras composiciones realmente creadas en suelo cubano, como lo son las obras de Esteban Salas (1725-1803) o de Juan París (1759-1845), son de carácter litúrgico y vocal, a las que se añaden algunos ejemplos de música sinfónica y de cámara de tipo simplista. Se trata, claro, de una música totalmente enraizada en las tradiciones musicales europeas, que va de dosis pequeñas de formas polifónicas derivadas de Palestrina, Orlando di Lasso, Victoria o Handel, a numerosos ejemplos homofónicos que toman como ejemplo a Haydn y a Telemann. Hay que esperar hasta los albores del siglo diecinueve para encontrar finalmente las primeras expresiones de una música que suena diferente a los modelos europeos, primordialmente en lo que se refiere a los aspectos rítmicos. De la contradanza "San Pascual Bailón" (anónima, 1803) a las contradanzas de Manuel Saumell (1817-1870), que vienen a ser los primeros acentos, a veces exquisitos, de una música verdaderamente cubana, un modo de sonar realmente autóctono toma cuerpo en pocos años. A partir de este momento y de este desarrollo, la fertilidad y la influencia de la música cubana estarán aseguradas. La riqueza de la música cubana, principalmente en lo que se refiere al color instrumental y a la opulencia poderosa de sus patrones rítmicos, la hace contagiosa. Históricamente, muchas injusticias, inexactitudes y omisiones han sido cometidas en lo tocante al reconocimiento de la gran influencia que ha ejercido la música cubana en el desarrollo de la música de los Estados Unidos. Por ejemplo, olvidándose de que las proto-formas del ragtime fueron traídas a Norteamérica desde el Caribe por el compositor estadounidense Louis Moreau Gottschalk (1829-1869), quien las introdujo por Nueva Orleans, muchos no reconocen y meramente ignoran la extensa influencia de la música cubana en el desarrollo del jazz, y a menudo las fórmulas rítmicas afro-cubanas son errónea y maliciosamente clasificadas como giros puramente jazzísticos. Durante las décadas de 1920, 1930 y 1940, el bolero cubano, el son, la rumba y la conga viajaron por el mundo entero, a menudo como fórmulas comercializadas de tipo barato y vulgar promovidas por Hollywood y por las casas editoras norteamericanas, que producían de contínuo cantidades astronómicas de música bailable para un público creciente e insaciable. Del lado positivo, sin embargo, está el hecho de que compositores estadounidenses de la talla de Aaron Copland o de Leonard Bernstein, pasando por Gershwin, escribieron obras basadas en los diseños rítmicos del danzón y de la rumba. La música cubana nace de una amalgama de las fórmulas del folklore musical español y de los ritmos africanos, éstos últimos traídos a Cuba por los esclavos negros. Una mínima influencia francesa -consistente principalmente en modelos basados en las danzas de Rameau- apareció en Santiago de Cuba trasladada por esclavos hatianos y por terratenientes franceses que habían huido a la parte oriental de Cuba tras las insurrecciones en Haití, pero pronto se diluyó y despareció, no dejando casi huella. La riqueza fenomenal del folklore español, mezclada con el vigor de la música africana, creó velozmente una exhuberante y explosiva urdimbre musical. Si bien desde el punto de vista de la armonía y de la forma la música cubana no ha inventado nada original, melódica y rítmicamente ha producido una colección asombrosa de procedimientos de fácil identificación, los cuales, como se ha apuntado anteriormente, se han paseado por el mundo entero. Finales del Siglo XVIII y el Siglo XIX Ya al final del siglo dieciocho esta mezcla musical hispano-africana produce una música bailable de poderosas raíces populares que, dentro de la órbita social secular, lentamente desplaza a las danzas europeas que habían constituido hasta entonces el entretenimiento fundamental de la nueva y emergente burguesía criolla. El compositor e investigador cubano Carlo Borbolla (1902-1990) afirma que el básico, seminal y siempre presente "tresillo cubano" (una semifusa, una fusa y otra semifusa, que en realidad no son sino la primera mitad de un compás de dos por cuatro, seguida ésta por dos fusas) apareció cuando los músicos populares interpretaban erróneamente, desde un punto de vista rítmico, el tresillo europeo, el cual era un enunciado rítmico de dos contra tres en cómputo de tiempo igual. El siglo diecinueve es testigo de la rápida evolución de esa música danzable rítmicamente diferente de los modelos europeos, la cual cual ejerce una influencia decisiva en las sofisticadas obras de piano de Saumell y de Ignacio Cervantes (1847-1905), así como en la música fuertemente romántica de Nicolás Ruiz Espadero (1832-1890). Es también durante este siglo diecinueve que Cuba produce sus primeros instrumentistas de renombre internacional, del pianista José Manuel (Lico) Jiménez (1855-1917) y de la pianista y compositora Cecilia Aritzi (1856-1930) a los violinistas Claudio José Domingo Brindis de Salas (1852-1911) y José White (1836-1912). Jiménez, tras muchos viajes de conciertos por todo el mundo, emigró a Alemania. Activo en la Corte de Weimar, fue amigo de Liszt, se casó con una dama alemana y murió en Hamburgo, donde está sepultado. White escribió obras de piano, para clavicordio y orquesta, y para cuarteto de cuerdas, y su fama como compositor se asienta principalmente en un excelente "Concierto para Violín y Orquesta" y en la siempre popular "La Bella Cubana", para violín y piano, transcrita posteriormente para voz y piano. Desde un punto de vista artístico-sociológico es importante hacer notar que Jiménez, Brindis de Salas y White eran músicos mulatos y negros que tuvieron carreras nacionales e internacionales triunfantes, lo cual atestigua con gran fuerza que sus pujantes e importantes personalidades musicales lograron imponerse más allá de barreras raciales y económicas. Compositores cubanos del siglo diecinueve que crearon obras aún bajo fuerte influencia europea son Gaspar Villate (1851-1891) y Laureano Fuentes Matons (1825-1898), ambos autores de óperas que seguían los patrones italianos y franceses, y algunas de cuyas piezas fueron estrenadas en París y en Madrid; a José Mauti (1855-1937), autor de numerosas zarzuelas y de varias piezas sinfónicas, y a Guillermo Tomás (1868-1937). Tomás fue el único compositor cubano de esa época cuya música exhibe una fuerte influencia alemana. Como director de orquesta no sólo tocó a Wagner por primera vez en Cuba sino que expuso a las audiencias cubanas, también por primera vez, a la música de Richard Strauss -cuyo poema sinfónico "Así hablaba Zaratustra" fue escuchado en La Habana sólo 13 años después de su estreno en Frankfurt (ocurrido en 1896)- y a la música de Max Reger. Florecimiento en el Siglo XX Pero es en el siglo veinte que la música cubana finalmente florece. Hasta los años de la Segunda Guerra Mundial, toda una falange de compositores cubanos de música popular habían creado enormes colecciones de canciones, danzones, sones, boleros, guajiras, guarachas, pregones, sones montunos, guaguancós, cha, cha, chás, mambos, rumbas, congas y tangos congos. De Jorge Ankermann (1877-1941), María Cervantes (1885-1981), Manuel Corona (1880-1950), Osvaldo Farrés (1902-1985), Sindo Garay (1887-1968), Eliseo y Emilio Grenet (1893-1950 y 1901-1941, respectivamente), Miguel Matamoros (1894-1971), Benny Moré (1920-1963), Dámaso Pérez Prado (nacido en 1922), Rodrigo Pratts (1910-1980), Antonio María Romeu (1876-1955), Moisés Simons (1844-1944) y René Touzet (nacido en 1916) a Celia Cruz, Willy Chirino, Paquito D'Rivera, Chano Pozo, Israel López (Cachao) y Gloria Estefan, la cantidad, variedad, resonante éxito e influencia de los miles de obras por ellos compuestos, y las tendencias estilísticas que han creado con sus actuaciones como cantantes y/o instrumentistas, son realmente notables. Antes de explorar el mundo de la música de arte cubana deben mencionarse dos compositores quienes, aunque primordialmente actuaron dentro de las fronteras de la música popular y comercial, se aventuraron a crear obras musicales de mayor envergadura y quienes por tanto, ocasionalmente, se adentraron en el campo de la música cubana clásica. Fueron ellos Gonzalo Roig (1890-1970), cuya opereta cubana "Cecilia Valdés" (1932) y cuyo "Quiéreme mucho" (1911) han circunnavegado el globo, y Ernesto Lecuona (1895-1963), cuyas obras de teatro lírico crearon una importante colección de zarzuelas cubanas, y cuyas mejores piezas para piano se han hecho mundialmente famosas. Es también dentro del marco del siglo veinte que la música de arte cubana se desarrolló como una de las contribuciones importantes a la historia de Cuba. Los dos primeros compositores cubanos de música de arte que abrazaron las técnicas contemporáneas (en este caso la música de Stravinsky y de Bartók) son Amadeo Roldán (1900-1939) y Alejandro García Caturla (1906-1940), cuyas ricas y atrevidas paletas armónicas, su uso de las grandes formas sinfónicas, y su magnética manipulación de las fuerzas orquestales lograron situar por vez primera a la música cubana dentro de la música de arte contemporánea universal. Los dos ballets de Roldán "La Rebambaramba" (1928) y "El Milagro de Anaquillé" (1929), y el poema sinfónico de Caturla "La Rumba" (1933) permanecen siendo imponentes y valiosísimos documentos de la música de arte cubana. Del binomio Roldán-Caturla al presente, la música culta cubana ha continuado creciendo en poder e imaginación, despertando un creciente respeto y admiración internacionales. Tras estos dos compositores mencionados, la música de arte cubana se mueve a través de los años de actividad de José Ardévol (1911-1981), compositor catalán radicado en Cuba desde los años 30 que fue fundador y mentor del primer grupo integral de compositores cubanos de música de arte. Ardévol y este grupo de compositores jóvenes compartían credos estéticos y técnicos comunes, creando así una verdadera escuela de compositores que se agruparon bajo el nombre de Grupo de Renovación Musical. El Grupo de Renovación incluyó a algunos de los compositores que actualmente son los decanos de la música de arte cubana. Muchos de ellos permanecieron en Cuba tras el triunfo de la revolución castrista, y entre éstos hay que mencionar al también musicólogo y crítico musical Edgardo Martín (nacido en 1915); a Harold Gramatges (nacido en 1918), quien recientemente fue galardonado con un prestigioso premio internacional creado por la Sociedad General de Autores y Editores de España; a Gisela Hernández (1912-1971); a Hilario González (nacido en 1920); y a Argeliers León (1918-1988), quien fue también un importante musicólogo e investigador. Dos compositores que crearon su música independientemente de los postulados estéticos de Ardévol y su grupo, son Julián Orbón (1925-1991), quien vivió en Ciudad México y Nueva York, y murió en Miami, y Aurelio de la Vega (nacido en 1925), quien reside en Los Angeles desde 1959. Ambos son, según afirma el musicólogo Gérard Béhague, los dos más conocidos compositores cubanos de música de arte de la segunda mitad del siglo veinte. Orbón, de modo muy efectivo e interesante, mezcló Canto Gregoriano, viejas formas musicales españolas, modalidad, avanzadas armonías contemporáneas y melo-ritmos cubanos para crear una música poderosa enmarcada por una magnífica y refinada excelencia técnica. Entre otros honores, Orbón fue elegido como miembro de la prestigiosa Academia Norteamericana de Artes y Letras. De la Vega escribió las primeras composiciones cubanas atonales y de inmediato dodecafónicas, y ha compuesto varias obras electrónicas e importantes obras sinfónicas que son tocadas muy a menudo por numerosas orquestas a través de todo el mundo. Dos veces, De la Vega ha sido galardonado con el codiciado Premio Friedheim del Kennedy Center for the Performing Arts. Otro compositor cuyas actividades profesionales tuvieron lugar fuera de Cuba es Joaquín Nin-Culmell (nacido en 1908), clasificado por muchos como un compositor cubano-español. Creador prolífico, sus obras, de corte neo-clásico, incluyen ballets, óperas, música coral, música de cámara, música vocal y composiciones para piano, guitarra y órgano. Un valioso y variado grupo joven de compositores cubanos de música de arte continúan la tarea de expandir la dimensión y el alcance de este tipo de música. Constituyen una generación profundamente afectada por el triunfo de la revolución castrista. Este nuevo contingente de compositores cubanos de música culta incluye a Sergio Fernández Barroso (nacido en 1946), residente del Canadá por muchos años, cuya música para computadoras le ha traido mucho reconocimiento y triunfo; a Tania León (nacida en 1943), quien vive en Nueva York, es consejera de numerosas orquestas sinfónicas e instituciones musicales norteamericanas, actúa asimismo continuamente como directora de orquesta, y es autora de una ópera que se estrenó en Ginebra en 1999; y a Raúl Murciano, Orlando Jacinto García, Julio Roloff, Armando Tranquilino y Viviana Ruiz, todos residentes en Miami. Entre los que permanecen en Cuba hay que mencionar a Leo Brouwer (nacido en 1939), quien reside por períodos de tiempo en Córdoba, España, donde fundó y dirige una orquesta, y cuya importante carrera internacional como guitarrista y director de orquesta iguala su fama como compositor; a Alfredo Diez Nieto (nacido en 1918), cuyas composiciones incluyen obras sinfónicas, música de cámara y obras vocales; a Carlos Fariñas (nacido en 1934), cuyas composiciones orquestales son poderosas y bien realizadas; a Roberto Valera (nacido en 1938), creador de excelentes obras corales, y a Juan Piñera (nacido en 1950), autor de importantes obras para piano. Estilísticamente, todos estos multifacéticos compositores cubanos de música de arte, de Roldán al presente, han colocado a Cuba en la vanguardia de la composición musical universal de nuestros días, utilizando politonalidad, atonalidad, procedimientos seriales, elementos aleatorios, medios electrónicos, formas abiertas, notación proporcional y gráfica, y medios de expresión post-seriales y post-modernistas. Por encima de tendencias, modos de hacer, postulados estéticos y actitudes histórico-políticas, tanto dentro del marco de la música popular como dentro del de la música de arte, la música cubana permanece vigorosa, activa, pujante, importante, potente e influyente. Si se toma en cuenta las dimensiones físicas de Cuba y la cantidad de sus habitantes, contando todos los que están dentro y fuera de la isla, el número de compositores, instrumentistas, cantantes y conjuntos musicales que ha producido Cuba es realmente notable. Es de esperar que la intensidad y la expresividad de la música cubana y el prestigio mundial de que goza continúen creciendo en años venideros. Baste señalar que, en el presente, la música de Cuba, en todas sus manifestaciones, constituye una poderosa revelación de la originalidad de la cultura cubana.
(De
la Vega es un compositor cubano de amplia y reconocida trayectoria
creativa y profesional. Muchas de sus obras están editadas y grabadas
comercialmente en discos, y a partir de 1960 casi todas sus
composiciones han sido comisionadas por orquestas, grupos de cámara,
instrumentistas y cantantes de reconocida fama internacional,
instituciones y mecenas. En la actualidad es Profesor Emérito
Distinguido del Sistema Estatal Universitario de California (Cal State).
Su ficha biográfica aparece en Contemporary Composers y en The New
Grove Dictionary of American Music). |
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